Cuando alguien busca "precios de" su restaurante,
Google tiene que mostrarle algo. Si su menú vive en un PDF de Drive, en un enlace de
Canva o en una foto de Instagram, Google no lo puede leer
como página de su sitio.
Entonces muestra lo que sí puede leer: directorios y agregadores como PriceListo o
Menu-Prices, que publican precios de su negocio —a veces desactualizados, a veces
equivocados— y se quedan con esa visita. El cliente termina viendo su carta en el
sitio de otro.
Lo mismo pasa con las reservas. Si la única forma de apartar mesa es escribir por
WhatsApp, alguien tiene que estar contestando. Fuera de horario, no se contesta; y
la reserva que no se contesta, se pierde.